El niñocentrismo contra el sentido común

prohibición bebés en el cine

Cuando la generación de los “baby boomers” surgió, los métodos de educación en el seno familiar eran muy distintos a los de ahora.

La mano dura era la norma, y esta actitud de los padres, a menudo demasiado rígida, generó que en los años recientes se cuestionara, y con justa razón, si era conveniente educar así a los niños.

Pero como sucede con frecuencia, las posturas culturales tienden a ir de un extremo al otro (el efecto péndulo) y así es como llegamos a la era del niñocentrismo.

Desde medios de comunicación hasta psicólogos, pasando por los opinadores de redes sociales y los todólogos, se llegó al consenso de que los niños son no sólo el futuro, sino el presente, y el centro del universo. Que los padres deben ser cuidadosos en extremo sobre cómo los tratan, cómo les hablan, y de calcular cada uno de sus pasos en la crianza con precisión milimétrica, a riesgo de causarles traumas irreparables.

La defensa de los derechos de los niños, muy importante y fundamental, se nos ha ido de las manos, dando pie a la permisividad excesiva que genera cada vez más, niños maleducados, caprichosos y con poca o nula tolerancia a la frustración.

En el niñocentrismo, como su nombre lo indica, el mundo gira alrededor del niño. En el hogar el niño manda. En su afán por proteger a sus hijos de un mundo duro, muchos padres los convierten en débiles. Olvidan que la familia no es una democracia, y que hacen falta jerarquías y límites, para criar niños sanos y equilibrados.

¿Son los niños más felices o están mejor educados ahora que antes? No lo parece. Lo que hay es un desbalance, por un lado realizan más actividades extracurriculares que nunca,  para incrementar su educación, pero por otro son más caprichosos e irrespetuosos con sus mayores.

La visión niñocentrista eventualmente choca contra el sentido común.

Niños pequeños en el cine, el dilema

Hace unos días una noticia generó controversia: Una sala de cine en Campeche decidió prohibir el acceso a niños menores de tres años. Y mientras muchas personas, y padres incluso, con sentido común, expresaron su beneplácito, otros se han mostrado indignados.

Yo recuerdo que hace muchos años, antes de la era Cinépolis, esa prohibición era la regla. Simplemente porque el cine no es como ir a un restaurante familiar, o a pasear a la plaza, o a un parque. En el cine se requiere estar quieto y estar en silencio, y  eso es algo que difícilmente pueden hacer los niños de tan corta edad.

En este caso, como en casi todos, se aplica la regla básica de convivencia: “Tu derecho a estirar tu brazo termina donde empieza mi nariz”. En pocas palabras, no puede nadie tener derechos sobre los derechos de otros.

Y dado que estamos en una época tan permisiva y son pocos los casos en que si un niño llora en el cine, los padres prudentemente abandonan la sala para no perturbar, las medidas prohibitivas son lo más adecuado. Aunque también podría haber funciones “especiales para bebés”. Al parecer algunos cines ofrecen está opción.

Según explicó Cinépolis, la prohibición sólo obedece al reglamento del municipio sobre funciones teatrales y cinematográficas.

Una medida de sentido común.

 

Columna Entre Terrícolas, publicada en Novedades Quintana Roo

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